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Quién paga la factura del planeta: la deuda climática que el Norte Global le debe al Sur

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Quién paga la factura del planeta: la deuda climática que el Norte Global le debe al Sur

Photo: Leonhard Lenz, CC0, via Wikimedia Commons

Cuando el huracán Otis arrasó Acapulco en octubre de 2023 con una intensidad que sorprendió incluso a los modelos meteorológicos más avanzados, quedó al descubierto una verdad que las cumbres climáticas llevan décadas intentando ocultar bajo capas de tecnicismo diplomático: las comunidades latinoamericanas están pagando con sus vidas y sus territorios una deuda que no contrajeron. La crisis climática no es un fenómeno natural. Es el resultado acumulado de dos siglos de industrialización concentrada en un puñado de países del hemisferio norte.

Una deuda que se mide en gigatoneladas y en vidas

Los datos son contundentes. Según el análisis acumulado de emisiones históricas de CO₂ desde la Revolución Industrial, Estados Unidos es responsable de aproximadamente el 25% del total global; la Unión Europea, de otro 22%. América Latina, en conjunto, apenas supera el 6%, y gran parte de ese porcentaje corresponde a la deforestación que el propio mercado internacional de materias primas incentiva. Sin embargo, la región concentra algunos de los territorios más vulnerables del mundo: el Caribe ante los huracanes, la Amazonía ante las sequías históricas, los Andes ante el retroceso glaciar, el Cono Sur ante las olas de calor.

Esta asimetría —entre quien contamina y quien sufre— es precisamente lo que el concepto de deuda climática busca nombrar. No se trata de una metáfora. Se trata de una relación de causa y efecto que tiene consecuencias económicas, sanitarias y humanitarias medibles.

Los mecanismos fallidos: promesas que no llegan

En 2009, durante la COP15 de Copenhague, los países ricos prometieron movilizar 100.000 millones de dólares anuales para el año 2020 destinados a financiamiento climático para el Sur Global. Esa promesa se cumplió —según las propias cifras de la OCDE— con retraso, con contabilidad creativa y, sobre todo, con trampas: gran parte del dinero computado como «financiamiento climático» corresponde a préstamos que incrementan la deuda soberana de los países receptores, no a donaciones ni a transferencias directas.

El Fondo Verde para el Clima, creado en 2010 como el instrumento central de esta arquitectura financiera, ha operado de manera lenta, burocrática y con criterios que favorecen a los países con mayor capacidad institucional para presentar proyectos complejos, es decir, a los menos vulnerables dentro del grupo de naciones en desarrollo. Para los Estados pequeños del Caribe o para comunidades indígenas en la cuenca amazónica, acceder a esos fondos es prácticamente imposible sin intermediarios que, a menudo, capturan una parte significativa del recurso.

Lo que la justicia climática exige en concreto

El movimiento global de justicia climática, del que forman parte organizaciones latinoamericanas como La Vía Campesina, el Foro Social Mundial o redes de pueblos indígenas de la Amazonía, ha articulado demandas precisas que van mucho más allá de los compromisos de reducción de emisiones:

Transferencias no reembolsables. El financiamiento climático debe adoptar la forma de donaciones, no de créditos. Exigir que un país como Haití o Bolivia pague intereses por adaptarse a una crisis que no causó es una forma de doble castigo.

Condonación de deuda soberana vinculada al clima. Varios economistas del Sur Global, entre ellos la jamaicana Mariana Mazzucato y el boliviano Pablo Solón, han propuesto mecanismos de canje de deuda por acción climática, donde las obligaciones financieras se eliminan a cambio de inversiones verificadas en adaptación y protección de ecosistemas.

Participación directa de las comunidades afectadas. Los fondos climáticos no pueden seguir siendo diseñados exclusivamente por funcionarios del Banco Mundial o del FMI. Las comunidades campesinas, indígenas y afrodescendientes que gestionan los territorios más biodiversos del planeta deben tener voz vinculante en cómo se asignan los recursos.

Mecanismos de pérdidas y daños reales. La COP27 de Sharm el-Sheij aprobó la creación de un fondo específico para pérdidas y daños. Sin embargo, su capitalización sigue siendo voluntaria y marginal frente a la magnitud de los desastres. Para que tenga sentido, debe convertirse en una obligación jurídica internacionalmente exigible.

América Latina como sujeto político, no como víctima pasiva

Resulta imprescindible señalar que la narrativa de la justicia climática no puede reducirse a una imagen de regiones empobrecidas esperando la generosidad del Norte. América Latina dispone de activos estratégicos extraordinarios: el 40% del agua dulce superficial del planeta, la mayor reserva de biodiversidad terrestre, litio, cobre y tierras raras esenciales para la transición energética global. La pregunta política central es quién controla esos recursos y en beneficio de quién se extraen.

La transición verde que los países ricos necesitan para descarbonizar sus economías depende, en buena medida, de minerales latinoamericanos. Que esa transición se haga bajo los mismos esquemas de extracción colonial de siempre —con beneficios que fluyen hacia el norte y pasivos ambientales que quedan en el sur— sería reproducir exactamente el patrón que generó la deuda climática en primer lugar.

El activismo regional ha comenzado a articular esta contradicción con creciente sofisticación. Comunidades del Triángulo del Litio en Argentina, Bolivia y Chile exigen soberanía sobre sus recursos. Pueblos amazónicos llevan sus casos ante tribunales internacionales. Movimientos juveniles conectan el extractivismo con el racismo ambiental en foros globales.

El momento de exigir, no de suplicar

La deuda climática no es una cuestión de caridad internacional. Es una cuestión de responsabilidad histórica, de derecho internacional y de justicia elemental. Los países latinoamericanos y del Sur Global no deberían llegar a las mesas de negociación climática en posición de mendicidad, sino como acreedores que exigen el pago de lo que se les debe.

Esa reconfiguración del lenguaje y de la postura política importa. Importa porque determina qué tipo de acuerdos son posibles, qué mecanismos se diseñan y quién tiene el poder de verificar su cumplimiento. Red Igualdad sostiene que la justicia climática es inseparable de la justicia social: no habrá igualdad real mientras las comunidades más vulnerables del continente sigan absorbiendo los costos de una prosperidad que nunca fue suya.

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