Aprender fuera del sistema: los círculos de educación popular que devuelven el conocimiento a los barrios
Photo: Charlie Shread, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons
Hay una escena que se repite, con variaciones, en barrios populares de Bogotá, de Ciudad de México, de Buenos Aires y de Lima. Un grupo de personas —adultos mayores, jóvenes sin acceso a la universidad, madres que nunca terminaron la secundaria, trabajadores informales— se reúne en torno a una mesa sin pupitres ni pizarrón. No hay un maestro que habla y alumnos que escuchan. Hay una conversación. Hay preguntas que no tienen respuesta única. Hay, sobre todo, una convicción compartida: que aprender es un derecho que no puede quedar supeditado a un título, un arancel o un currículo diseñado lejos de la realidad de cada quien.
Esa escena tiene un nombre y una historia: educación popular. Y aunque sus raíces teóricas se remontan a Paulo Freire y a las experiencias de alfabetización de los años sesenta y setenta, sus expresiones contemporáneas son más diversas, más urgentes y más necesarias que nunca.
Descolonizar el aula: qué significa aprender desde el barrio
La educación formal latinoamericana sigue arrastrando una herencia colonial que pocas reformas han tocado en profundidad. Los currículos nacionales priorizan saberes eurocentrados; las lenguas indígenas y los conocimientos ancestrales aparecen, cuando aparecen, como contenido folclórico y no como epistemologías legítimas. La historia que se enseña en la mayoría de las escuelas públicas de la región es una historia contada desde arriba, donde los pueblos son escenario y no sujetos.
Frente a eso, la educación popular propone una inversión metodológica: partir de la experiencia concreta de los participantes para construir conocimiento colectivo. No se trata de ignorar los saberes académicos, sino de ponerlos en diálogo con los saberes que cada persona trae consigo. El electricista que comprende la física sin haber estudiado física. La comadrona que sabe más sobre el cuerpo femenino que muchos ginecólogos. El agricultor que conoce los ciclos del suelo mejor que cualquier manual agronómico.
"Cuando llegué al círculo, yo creía que no sabía nada porque no había terminado la escuela", cuenta Rosa, participante de un taller de educación popular en el barrio de Villa 21-24, en Buenos Aires. "Ahora entiendo que lo que yo sé tiene valor. Y que aprender no es llenar un cuaderno: es pensar junto con otros."
Testimonios desde los márgenes del sistema
En Medellín, el colectivo Escuela Itinerante lleva más de una década recorriendo comunas con talleres de lectura crítica, derechos humanos y economía solidaria. Su coordinador, Esteban Morales, explica que el principal obstáculo no es la falta de interés sino la desconfianza acumulada: "La gente ha aprendido a desconfiar de las instituciones, incluso de las que dicen venir a ayudar. Por eso el proceso empieza siempre por construir confianza, no por transmitir contenidos."
En Ciudad de México, las prepas populares —bachilleratos alternativos gestionados por colectivos de educadores— ofrecen certificación oficial con metodologías freireanas. Muchos de sus estudiantes son jóvenes que el sistema expulsó por no adaptarse a sus ritmos o porque el trabajo y el cuidado familiar no les permitían asistir en horarios rígidos. Las prepas populares adaptan los horarios a las personas, no al revés.
En Santiago de Chile, en los meses previos al estallido social de 2019, proliferaron los cabildos de educación en plazas y juntas de vecinos. Esos espacios no surgieron de la nada: eran el resultado de años de trabajo de colectivos de educación popular que habían sembrado la práctica de deliberar colectivamente sobre asuntos comunes.
La pedagogía como acto político
Uno de los aportes más duraderos de Freire es la idea de que no existe educación neutra. Toda práctica pedagógica contiene una visión del mundo, una concepción del sujeto que aprende y una apuesta sobre el tipo de sociedad que se quiere construir. La educación bancaria —que deposita información en sujetos pasivos— reproduce el orden existente. La educación problematizadora —que invita a cuestionar, a dialogar y a transformar— apunta hacia otro horizonte.
Esta dimensión política no es un accidente ni un exceso ideológico: es la razón de ser de la educación popular. Sus practicantes son explícitos al respecto. "No hacemos esto para que la gente aprenda a leer y ya", dice Valentina Cruz, educadora popular en una comunidad afrodescendiente del Chocó, en Colombia. "Lo hacemos para que la gente lea el mundo y decida cambiarlo."
Esa convicción explica por qué los círculos de educación popular no se limitan a la alfabetización o a la formación laboral. Abordan derechos, historia, género, medio ambiente, organización comunitaria. Son, en muchos casos, los espacios donde se forman los líderes y lideresas que luego conducen asambleas vecinales, negocian con autoridades locales o encabezan movilizaciones.
Desafíos y tensiones del camino
La educación popular no está exenta de contradicciones. La sostenibilidad económica es una de las más acuciantes: muchos colectivos dependen de financiamiento externo —fundaciones, cooperación internacional, pequeñas donaciones— que puede condicionar sus agendas o simplemente desaparecer. La institucionalización, cuando ocurre, genera dilemas: ¿cómo mantener la autonomía y la radicalidad metodológica cuando el Estado o una universidad quieren incorporar el modelo?
También existe la tensión entre la vocación transformadora y la necesidad de resultados verificables. Las comunidades que participan en estos espacios necesitan, a veces, certificaciones que el mercado laboral reconozca. Navegar entre la crítica al sistema y la necesidad de operar dentro de él requiere una creatividad política permanente.
Pero quizás el mayor desafío sea la escala. Los círculos de educación popular funcionan bien en lo pequeño, en lo concreto, en la relación cara a cara. Crecer sin perder esa intimidad transformadora es una pregunta abierta que cada colectivo responde a su manera.
El conocimiento siempre fue nuestro
Hay algo profundamente subversivo en la idea de que el conocimiento no es propiedad de las instituciones que lo certifican. Que una comunidad puede aprender junta, nombrarse a sí misma, producir saber sobre su propia realidad y actuar en consecuencia. En un contexto donde la educación se mercantiliza aceleradamente y donde el acceso a la universidad sigue siendo privilegio de pocos, los círculos de educación popular son una respuesta práctica y una apuesta política.
No proponen reemplazar la escuela pública —que merece ser fortalecida y democratizada—. Proponen ampliar el concepto de lo educativo, recordar que el aprendizaje ocurre también en los márgenes, en las orillas, en los espacios que el sistema no alcanza a cubrir ni a controlar. Y que en esos espacios, a menudo, es donde la transformación social empieza.