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Desde el barrio al movimiento: mujeres trans que están transformando sus comunidades en Latinoamérica

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Hay una narrativa dominante sobre las mujeres trans en América Latina que las reduce a víctimas: de la violencia, de la exclusión, de la pobreza. Esa narrativa no miente —los datos sobre transfeminicidios, discriminación laboral y falta de acceso a servicios básicos son devastadores—, pero sí omite algo fundamental: la agencia, la inteligencia política y la capacidad organizativa de quienes, desde los barrios populares, están rehaciendo el tejido social de sus comunidades.

Este reportaje no busca contar historias de sufrimiento. Busca contar historias de poder.

Organización en los márgenes

En el Gran Buenos Aires, en las periferias de Ciudad de México, en los barrios populares de Bogotá y en las favelas de São Paulo, las mujeres trans llevan décadas construyendo estructuras organizativas que el Estado no supo —o no quiso— construir para ellas. Comedores comunitarios, redes de alerta ante la violencia policial, espacios de formación en derechos, brigadas de salud sexual: estas iniciativas no surgieron de programas gubernamentales, sino de la necesidad y de la solidaridad.

Organizaciones como la Asociación de Travestis, Transexuales y Transgéneros de Argentina (ATTTA) o la Red Trans de América Latina y el Caribe han demostrado que la acción colectiva trans puede producir transformaciones legales y culturales de enorme alcance. La Ley de Identidad de Género argentina de 2012, una de las más avanzadas del mundo, fue posible en gran medida gracias a décadas de activismo sostenido de estas organizaciones.

El cupo laboral trans: una conquista que viene del barrio

Uno de los avances más significativos de los últimos años en Argentina es la Ley de Cupo Laboral Travesti-Trans, promulgada en 2021, que reserva al menos el uno por ciento de los puestos en el empleo público para personas travestis, transexuales y transgénero. Esta legislación no nació en un despacho ministerial: fue el resultado de años de presión callejera, de audiencias parlamentarias ganadas a fuerza de testimonios y datos, y de alianzas construidas pacientemente con sindicatos, organizaciones feministas y movimientos de derechos humanos.

Activistas como Claudia Vásquez Haro, presidenta de OTRANS Argentina, han señalado que la ley es un punto de partida, no de llegada. «El cupo nos abre una puerta, pero adentro del Estado también hay que transformar la cultura institucional», ha dicho en diversas ocasiones. Esa comprensión de que los cambios legales necesitan ser acompañados por transformaciones culturales más profundas es característica del pensamiento político trans latinoamericano.

Salud como campo de batalla y de construcción

El acceso a la salud es uno de los terrenos donde la organización trans ha producido resultados más tangibles y donde las barreras siguen siendo más altas. En muchos países de la región, las mujeres trans enfrentan discriminación en los servicios de salud pública, lo que las empuja hacia prácticas de modificación corporal clandestinas y peligrosas, y dificulta el acceso a tratamientos para el VIH y otras infecciones de transmisión sexual.

Frente a este abandono institucional, colectivos trans en ciudades como Medellín, Lima y Montevideo han desarrollado sus propios protocolos de acompañamiento en salud, formando promotoras comunitarias que brindan información, acompañan a mujeres trans en sus consultas médicas y presionan a las instituciones de salud para que capaciten a su personal en atención respetuosa de la diversidad.

En Perú, la organización Féminas ha sido pionera en documentar los casos de discriminación en el sistema sanitario y en llevarlos ante instancias administrativas y judiciales, creando jurisprudencia que beneficia no solo a las mujeres trans, sino a toda la comunidad LGBTIQ+.

Más allá de la identidad: el activismo interseccional

Una de las características más destacadas del activismo trans latinoamericano contemporáneo es su comprensión profundamente interseccional de la opresión. Las mujeres trans que lideran organizaciones en los barrios populares no fragmentan sus identidades: son al mismo tiempo trans, pobres, muchas veces racializadas, migrantes internas o internacionales. Sus demandas, en consecuencia, no se limitan al reconocimiento de la identidad de género, sino que se articulan con la lucha por vivienda digna, contra la violencia policial, por educación pública de calidad y contra el extractivismo que destruye los territorios de los que provienen.

Esta mirada integral las convierte en aliadas naturales de otros movimientos sociales y les permite construir coaliciones amplias que potencian su capacidad de incidencia política.

El liderazgo como práctica transformadora

Conviene detenerse en la forma en que muchas de estas organizaciones ejercen el liderazgo. Frente a los modelos jerárquicos tradicionales, numerosos colectivos trans latinoamericanos han apostado por estructuras horizontales, por la toma de decisiones colectiva y por la formación política de sus integrantes como condición para la sostenibilidad organizativa.

«Nosotras no queremos salvadoras. Queremos compañeras», resume con precisión una activista de la organización Transvida en Guadalajara, México. Esa distinción es fundamental: el activismo trans latinoamericano desconfía de los liderazgos mesiánicos y apuesta por la construcción de poder colectivo, distribuido y replicable.

Los desafíos que persisten

Sería deshonesto concluir sin reconocer que los avances conviven con una violencia que no cesa. América Latina sigue siendo la región más peligrosa del mundo para las personas trans. El transfeminicidio es una realidad cotidiana, y la impunidad con que operan sus perpetradores es una señal del trabajo que aún queda por hacer.

La criminalización del activismo, el acoso en redes sociales y la cooptación de liderazgos por parte de partidos políticos que buscan el voto trans sin comprometerse con sus demandas son también amenazas reales.

Pero la historia de los movimientos sociales latinoamericanos enseña que la persistencia organizada puede más que la adversidad. Las mujeres trans que construyen desde los barrios no piden permiso para liderar. Ya lo están haciendo.

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