Sin interseccionalidad no hay feminismo: las mujeres que están rehaciendo el movimiento desde adentro
Hay una imagen que se repite en los grandes paros feministas latinoamericanos: miles de mujeres de verde o de morado marchando con carteles, voces unidas en una sola consigna. Es una imagen poderosa. Pero si uno se detiene a mirar con cuidado, comienza a ver también lo que esa imagen puede ocultar: las mujeres que no pudieron ir porque trabajan sin contrato y perder el día significa no comer; las que marcharon pero sintieron que los discursos no hablaban de su realidad; las que llevan décadas luchando por sus tierras o por sus lenguas y encuentran que el feminismo hegemónico las descubre tarde y con condescendencia.
Esta es la conversación más importante que el movimiento feminista latinoamericano está teniendo consigo mismo. Y el concepto que la estructura tiene un nombre: interseccionalidad.
Qué significa realmente la interseccionalidad
El término fue acuñado por la jurista y académica afroestadounidense Kimberlé Crenshaw a finales de los años ochenta, pero la experiencia que describe es tan antigua como la opresión misma. La interseccionalidad sostiene que el género no opera en el vacío: se entrecruza con la raza, la clase social, la etnia, la condición migratoria, la orientación sexual y la discapacidad, entre otras categorías, produciendo formas de discriminación que son cualitativamente distintas y que no pueden entenderse sumando simplemente las partes.
Una mujer indígena en Guatemala no enfrenta la suma de ser mujer más ser indígena: enfrenta una opresión específica, históricamente construida, que requiere análisis y respuestas propias. Una mujer afrodescendiente en el Caribe colombiano que trabaja en la economía informal no comparte exactamente las mismas prioridades que una profesional universitaria de Bogotá, aunque ambas sean mujeres y ambas sufran discriminación de género.
Reconocer esto no divide al movimiento. Al contrario: lo hace más honesto y, en última instancia, más fuerte.
Las voces que estaban antes de que llegara la teoría
Sería un error presentar la interseccionalidad como una importación académica del norte global. En América Latina, las mujeres indígenas y afrodescendientes llevan décadas articulando estas ideas desde su propia experiencia, muchas veces sin usar ese vocabulario pero con una claridad política notable.
Las mujeres zapatistas en Chiapas, México, formularon ya en 1994 su propia "Ley Revolucionaria de Mujeres", que abordaba simultáneamente la opresión patriarcal dentro de las comunidades indígenas y la violencia del Estado y el capital sobre esas mismas comunidades. La líder garífuna hondureña Miriam Miranda, coordinadora de la Organización Fraternal Negra de Honduras, lleva años señalando que el extractivismo que destruye los territorios afrodescendientes es también una violencia de género, porque son las mujeres quienes sostienen la vida comunitaria que ese extractivismo destruye.
Estas voces no necesitaban que la academia les diera permiso para saber lo que sabían. Lo que sí necesitaban —y siguen necesitando— es que el movimiento feminista más amplio las escuche sin tutelarlas.
La crisis como acelerador
Las sucesivas crisis económicas, sanitarias y climáticas que han azotado a América Latina en los últimos años han actuado como un acelerador de estas tensiones. La pandemia de COVID-19, en particular, golpeó de manera desproporcionada a las mujeres: aumentaron la violencia doméstica, la carga de cuidados no remunerados y la precariedad laboral, pero no lo hizo de manera uniforme. Las trabajadoras domésticas —en su mayoría mujeres racializadas— perdieron sus empleos sin acceso a subsidios. Las vendedoras ambulantes vieron cerradas sus fuentes de ingreso de la noche a la mañana.
Fue en ese contexto donde la insuficiencia de un feminismo centrado exclusivamente en la igualdad formal entre hombres y mujeres quedó más expuesta. La igualdad ante la ley no sirve de mucho si no hay igualdad material, si no se transforma la estructura económica que hace que determinadas mujeres sean siempre las más vulnerables.
Tensiones necesarias y diálogos posibles
Sería ingenuo negar que este proceso de ampliación y complejización del movimiento genera tensiones. Las hay, y son reales. Hay debates sobre representación en los espacios de dirección, sobre qué demandas se priorizan en las plataformas públicas, sobre quién habla y desde dónde. Algunos de esos debates se vuelven ásperos.
Pero esas tensiones son el precio del crecimiento político. Un movimiento que no puede sostener el debate interno sobre sus propias contradicciones es un movimiento frágil. La historia del feminismo latinoamericano más transformador —el que logró leyes de paridad, el que consiguió tipificar el femicidio, el que puso el aborto legal en la agenda— siempre fue el resultado de alianzas amplias y debates honestos, no de unanimidades artificiales.
Por qué esto importa para la justicia social en general
Desde la perspectiva de Red Igualdad, la apuesta por un feminismo interseccional no es solo relevante para las mujeres: es central para cualquier proyecto de justicia social serio en América Latina. Una región donde la desigualdad tiene rostro, color y género no puede construir igualdad real ignorando esas dimensiones.
Las mujeres indígenas, afrodescendientes y trabajadoras informales que están liderando este proceso de transformación dentro del feminismo no están pidiendo un lugar en la mesa: están rediseñando la mesa misma. Y eso, para quienes creemos en una igualdad que no deje a nadie atrás, es exactamente lo que necesitamos.